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Bernabé Cobo (1580-1657)

Nació Bernabé Cobo en Lobera (Jaén) en 1580, y marchó a las Indias a los dieciséis años. En 1599 se matriculó en el Colegio de San Martín en Lima, ingresando dos años después como novicio en la Compañía de Jesús, que regentaba el Colegio. No hizo sus votos hasta el año 1622.

Realizó numerosos viajes: Antillas, Virreinato del Perú, Nueva España y Centroamérica, y en 1653 completó su monumental Historia del Nuevo Mundo, fruto de una constante y minuciosa labor de ocho lustros. Sin embargo, esta descomunal obra quedó inédita y en gran parte se perdió. Por fortuna para la historiografía científica se conservó la primera parte: 14 libros sobre la historia natural de aquellos territorios.

Aunque el botánico valenciano Antonio José Cavanilles (1745-1804) publicó algunos fragmentos de la obra de Cobo al iniciarse el siglo XIX, no fue sino el cartagenero Marcos Jiménez de la Espada (1831-1898), el más eminente de los científicos que participaron en la expedición al Pacífico (1862-1865) y gran defensor de la ciencia nacional, el que recuperó para la cultura española la obra del jesuita andaluz. En efecto, la Historia del Nuevo Mundo de Bernabé Cobo vio la luz por primera vez entre 1890 y 1893, en cuatro volúmenes, ilustrada y con anotaciones del eminente murciano.

El prólogo de su obra lo firma en julio de 1653 y quizá su muerte, en Lima en el año 1657, impidió la publicación de la misma. Hay que hacer notar que de los 77 años de vida, sesenta y uno los vivió en América.

A pesar de no conocer más que la primera de las tres partes en las que el jesuita dividió su estudio sobre el Nuevo Mundo, sabemos que cada una de ellas versaba sobre los siguientes temas: el estudio de América antes del descubrimiento o lo que es igual, el conocimiento de las culturas y naturaleza americanas anteriores a la llegada de los españoles; la historia de la conquista y colonización del Perú y de las latitudes americanas más meridionales; por último, en la tercera parte, trató de la conquista y colonización de otras zonas del Nuevo Mundo, Molucas, Filipinas, etc.

Suele atribuirse a Alexander von Humboldt (1769-1859) la primera descripción de los pisos de vegetación en los Andes, a principios del siglo XIX. Sin embargo, Bernabé Cobo, casi dos siglos antes, ya se ocupa de ellos.

Nuestro jesuita siempre muestra un gran interés por el ambiente en el que se desarrollan la vegetación y las especies animales. Tal es así que, la mejor manera que tiene de describir los “temples”, “grados” o “andenes” de los Andes es mediante su vegetación. El relato de Bernabé Cobo es eminentemente ecológico, zoogeográfico y fitogeográfico; no realiza descripciones de las especies vegetales de cada piso, las enumera; la finalidad del jiennense es la de explicar la presencia de diferentes plantas en relación con la altitud y el clima. De manera continuada refiere los distintos pisos de vegetación, desde arriba hacia abajo, dando cuenta, en cada “temple”, del clima, vegetación, fauna y asentamientos humanos más significativos.

Es importante referir que, de la misma forma que la mayor parte de los cronistas de Indias del siglo anterior, el P. Cobo nos cuenta sus propias observaciones, no refiere noticias de otros.

Como resumen, podemos decir que en el relato del P. Cobo apreciamos un conjunto de características que destaco a continuación:

a) Caracteriza nominalmente varios pisos de vegetación: la “puna brava”, la “puna”, el “páramo”, la “medio yunca”, etc.
b) En los distintos temples da detalles climáticos referentes a la humedad y la temperatura.
c) En los temples enumera especies vegetales propias del Perú y españolas.
d) Los diferentes pisos se distinguen del precedente, según se desciende, por el desarrollo de alguna especie que no se aprecia en el piso anterior o, si lo hace, no fructifica. Así, vemos que en el segundo se dan especies vegetales que no aparecen en el primero: papas, ocas, etc.; en el tercero se ven ya especies de maíz y lino, entre otras; en el cuarto ya se observan árboles frutales “de los de España”; en el quinto se dan “árboles que requieren más calor” y el último piso ya maduran los dátiles, plátanos y melones.
e) Cada uno de los andenes o temples es perfectamente localizable por los accidentes geográficos que cita o los asentamientos humanos.
f) La enumeración de la vegetación de los andenes nos proporciona detalles muy interesantes del grado de aclimatación de las especies que llevaron los españoles.

La obra del padre Cobo encierra otras muchas ideas originales que son e fruto de sus observaciones y experiencias, razonadas libremente, sin atenerse a las clásicas concepciones escolásticas o humanísticas (ni siquiera cita autoridades). Es pues la actitud característica de la Revolución científica del siglo XVII, hija del Renacimiento y el Humanismo pero que rompe con el mundo clásico al que da por superado.

Además, el estilo directo y la expresión clara y sencilla, sin pretensiones, nos hacen que el jesuita andaluz se encuentre cerca de nuestra actual sensibilidad sobre la naturaleza, otra importante razón para recomendar su lectura.

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